sábado, 8 de agosto de 2015

Grandes y pequeños problemas



Resultado de imagen de big small    El mundo en que vivimos padece una serie de paradojas difíciles de entender si no admitimos de antemano que, con frecuencia, en nuestro comportamiento lo animal se sobrepone a lo racional y, como consecuencia, los pequeños problemas roban espacio a otros de mayor enjundia alterando las prioridades.
    Nuestro planeta está sometido a desafíos descomunales que coexisten con cuestiones menores a las que atribuimos prioridad sobre otros de mayor trascendencia.
    Entre otros grandes problemas tenemos, por ejemplo, el del cambio climático que provoca, o al menos lo acelera, la enorme emisión de gases contaminantes a la atmósfera de efecto invernadero por la combustión de combustibles fósiles que alteran la temperatura, cambian el clima y producen fenómenos naturales extremos que van desde la elevación del nivel del mar a la alternancia de prolongadas sequías a catastróficas inundaciones.
    A pesar de que las evidencias científicas avalan los pronósticos más pesimistas y de que los hechos confirman las alarmas, muchos gobiernos, precisamente de las grandes potencias, no parecen mentalizarse, y por ello los compromisos del Protocolo de Kioto se han incumplido. En la cumbre de Nueva York celebrada el 23 de setiembre del año pasado fueron más las promesas que los acuerdos en firme. Dejaron para la cita de Lima en diciembre de 2014 la fijación de objetivos, y para la reunión de París en diciembre de 2015 la firma de los acuerdos definitivos.
    Otra amenaza latente viene dada por el crecimiento espectacular de la población mundial que, según un equipo de demógrafos de Naciones Unidas, alcanzará a finales del siglo 11.000 millones de seres. El aumento será especialmente significativo en el continente africano en el que el número de habitantes actual de 1.100 millones pasará a 5.000 millones a pesar de plagas, guerras y desastres naturales. Uno se pregunta cómo alimentar a tantas bocas y donde se ubicarán, pues evidentemente no podrán subsistir en las selvas, desiertos y lagos que tanto abundan en Africa. Las consecuencias de esta sobrepoblación crearán situaciones pavorosas en las que aparecerán hambrunas, migraciones y megalópolis ingobernables.
    Otro peligro que se cierne sobre la humanidad está representado por la proliferación de armas nucleares, químicas y biológicas, por el riesgo de que caigan en manos de terroristas enloquecidos o bandas criminales capaces de someter a chantaje a un gobierno bajo la amenaza de explosionar una bomba sobre una gran ciudad.
    Se trata de problemas globales que nos conciernen a todos, que por su urgencia y gravedad reclaman atención permanente, dedicación constante y voluntad política para resolverlos, o cuado menos, reducir su impacto y peligrosidad.
    Pese a los peligros que amenazan la paz mundial e incluso la supervivencia de la humanidad, en muchos lugares la situación se complica con conflictos locales creados artificialmente por minorías intelectuales interesadas que terminan  implicando  a multitudes. Así se consigue desviar la atención y se confunde lo importante con lo que ellos estiman urgente.
    Tomemos como ejemplo la polémica sobre el aborto que unos, favorables, llaman derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, y otros, opuestos, derecho a la vida del no nacido. Se registra evidentemente una colisión de derechos que renuncio a enjuiciar aquí. El tema está resuelto en la mayoría de los países civilizados con una suerte de conciliación entre ambas posiciones, partiendo de que no existen derechos absolutos, dejando así de confrontarlas. Justamente lo que ocurre en España.
    Otro ejemplo de problema artificial que se mantiene vivo y consume muchas energías es el de los nacionalismos que buscan o inventan supuestas señas de identidad como justificación para separarse, segregarse y diferenciarse del resto de la comunidad en la que han nacido y vivido durante siglos, ignorando la tendencia a la globalización y a la formación de unidades políticas de mayor tamaño que el Estado nación. Los nacionalistas de la mano de ideólogos y demagogos, descubren de repente que son superiores a sus vecinos y exigen sustituir la solidaridad por el egoísmo, la paz por la discordia, el sentido común por el capricho y la razón por la emoción.
    En aras de la brevedad renuncio a alargar el catálogo de grandes y pequeños problemas. Los casos expuestos pueden ilustrar con suficiente claridad la extraña habilidad de los humanos para complicarse la vida y hacer más difícil de lo debido la convivencia ciudadana.
     Los creadores de estas minucias deberían viajar a la estación espacial internacional para que conocieran la nonada que somos y el minúsculo lugar que ocupamos en el cosmos. Tal vez vendrían curados de su nacionalismo de pocas luces.

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