sábado, 23 de enero de 2016

Estado de bienestar decreciente



    Una vez eliminado el miedo al socialismo tras la caída del muro de Berlín  y la implosión de la Unión Soviética, los neoliberales vieron el campo libre de obstáculos para comer terreno a la socialdemocracia, la cual reaccionó plegándose a los planteamientos de  sus adversarios reduciendo la dimensión del Estado de bienestar y recortando sus prestaciones sociales. La globalización imparable vino a proporcionar un arma nueva a los planes conservadores. Al poner en competencia a los trabajadores de los países en desarrollo con los amparados por legislaciones protectoras, van fagocitando las ventajas de que gozaban estos últimos, con la amenaza de deslocalizar las fábricas si los sindicatos no se avenían a las exigencias de las empresas y aparcaban sus reivindicaciones. Esta estrategia la aplicó primero Alemania hace diez años, por obra del primer ministro Gerhard Schroeder para vergüenza de su partido, el SPD. Y, como potencia dominante de la UE, presionó para que otros Gobiernos copiaran las mismas recetas, entre otros al de España que, obediente, reformó con seminocturnidad el artículo 135 de la Constitución para garantizar el pago de la deuda externa.
    El objetivo es privar al Estado de recursos y facultades. A tal efecto se privatizan las empresas nacionales en beneficio de los grandes inversores, se liberalizan las condiciones laborales y se rebajan los impuestos directos.
    Como el aumento del paro a que dio lugar la crisis pone en peligro el sistema público de pensiones, el poder financiero ofrece a las clases medias sistemas de seguros médicos y planes de pensiones, olvidándose de las clases populares que no interesan a la iniciativa privada por no ser fuente de negocio al no tratarse de demanda solvente.
    De ésta se encargaría el Estado cubriendo las necesidades en un grado mínimo, compatible con baja presión fiscal. Se trata de romper el principio de solidaridad que está en el ADN del socialismo.
    La llegada de la crisis en 2008 vino a acelerar el proceso neoliberal. El paro se incrementó exponencialmente, se despidió a buena parte del personal de sanidad y educación, la reforma laboral fue una estocada a los derechos de los trabajadores, subió el IVA del 18% al 21%, se congelaron las pensiones y el salario mínimo, y se difundió el copago farmacéutico.
    Como consecuencia del injusto reparto de las cargas, hemos pasado de un Estado de bienestar incipiente al Estado de malestar, con una situación de emergencia que si no terminó en alteraciones del orden se debió en gran parte a la red familiar y a la economía sumergida. Todo lo cual no pudo evitar una profunda desigualdad social y el crecimiento de la pobreza severa. En situaciones de esta índole, la frase que se atribuye a Goethe “prefiero la injusticia al desorden” pierde su sentido, ya que es difícil imaginar mayor desorden que el que representa la injusticia social.

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