domingo, 15 de octubre de 2017

A modo de testamento



A los que peinamos canas –si nos queda alguna que peinar– se nos acorta el horizonte porque el tiempo se agota, mas ello no impide que por convicción y solidaridad, nos ocupemos y preocupemos, no como actores sino como observadores, por los avatares que esperan a nuestros sucesores y a la humanidad en general.
El porvenir que se avecina es todo menos optimista: si el fututo es la proyección del presente y heredero del pasado, el panorama que se ofrece está preñado de paradojas y contradicciones, amenazas y desafíos que rebasan la capacidad de reacción, y todo ello en medio de cambios tan acelerados que impiden la adaptación a los nuevos escenarios, sobre todo a las generaciones maduras.
El comportamiento humano está lastrado por una serie de sentimientos y emociones que se sobreponen a nuestra condición de seres racionales, lo cual resta eficacia a nuestras reacciones ante los peligros implícitos en el porvenir.
Vivimos en un tiempo en que los avances en comunicaciones han suprimido las distancias y la globalización ha tejido una sólida interdependencia de todos los países. Contra lo que cabía esperar de un estrechamiento de las relaciones humanas, renacen los nacionalismos identitarios amparados en supuestas diferencias políticas, religiosas o culturales que crean barreras artificiales y separaciones injustificadas. El fenómeno ha dado lugar a que 192 estados supuestamente independientes amparados en el principio de soberanía nacional planten sus banderas en la Asamblea de Naciones Unidas que de unidas tiene muy poco.
El nacionalismo ha causado guerras terribles. La más reciente en Europa fue la que terminó en la última década del siglo pasado con la fragmentación de la antigua Yugoslavia en una pluralidad de estados después de verterse ríos de sangre. El resultado es que todos son más pobres y se niegan a colaborar entre sí. Como parece que los humanos somos incapaces de aprender de la experiencia propia y ajena, todo hace temer que la tendencia al fraccionamiento y la división territorial seguirá siendo motivo de estériles luchas intestinas. Olvidando el aforismo de que la unión hace la fuerza, se mantienen las tendencias nacionalistas como un factor de inestabilidad y enfrentamiento.
Uno de los problemas que el presente transfiere al porvenir es la proliferación de armas de destrucción masiva (biológicas, químicas y nucleares) siendo estas últimas las que inspiran más temor, La ausencia de acuerdo internacional verificable para destruir las existentes y prohibir la fabricación de otras hace que se perciba como más grave el peligro de su empleo, toda vez que su fabricación es cada vez más fácil –ahí está el ejemplo de un país pequeño y empobrecido como Corea del Norte– y es mayor el riesgo de que caigan en manos de un loco o de un grupo terrorista.
Uno de los desafíos más trascendentales que el mundo tiene planteado es el cambio climático cuyos efectos totales no son previsibles, si bien los expertos afirman que se producirán cambios climatológicos extremos, aumentos del nivel del mar, sequías prolongadas, etc. a los cuales no se planta cara con la decisión y unanimidad que el caso requiere. Bien al contrario, continúa creciendo el calentamiento global y la emisión de gases contaminantes causantes del efecto invernadero, y países tan importantes por sus emisiones como Estados Unidos se retiraron del acuerdo de París. Esperemos que el sentido común se imponga y rectifique su actitud ante la evidencia del peligro.
Otra de las amenazas que penden sobre la humanidad proviene del agotamiento de los recursos naturales no renovables. Ya sufrimos casos de hambrunas que son frutos amargos de sequías y de guerras, pero las próximas serán cada vez más largas y generalizadas y deberán su origen a la disminución de medios de subsistencia con que atender las necesidades de la población en continuo aumento. Uno de los efectos más devastadores será la escasez de agua cuya penuria ya se hace sentir ahora en amplias zonas pobladas del planeta.
Recordemos que la extensión sólida del globo terráqueo es solo la tercera parte del total y si descontamos las montañas y desiertos, lagos y glaciares, áreas urbanas y comunicaciones e instalaciones deportivas, se acorta considerablemente la superficie cultivable, con la consiguiente repercusión en la producción de alimentos. La tendencia decreciente de la producción afectará no solo a los alimentos naturales sino también a los océanos cuya productividad decrecerá por la sobrepesca que esquilma los mejores caladeros sin dar tiempo a la reproducción de las especies al tiempo que aumentan los efectos adversos por la contaminación de los mares a donde van a parar millones de toneladas de desechos.
Un tercer problema que agudiza los dos anteriores viene dado por el volumen creciente de la población mundial. Partiendo de la actual de 7.500 millones de personas, las proyecciones de Naciones Unidas la elevan a 9.725 millones en 2050 y a 11.213 en 2100. Nadie conoce el límite de habitabilidad del Globo, pero ya se aprecian síntomas localizados de excesiva densidad con un aumento del censo de muchas ciudades en los países en desarrollo que las convierten en insostenibles e ingobernables. Si el proceso continúa desarrollándose en la misma dirección no se puede esperar sino el caos que ya se percibe actualmente.
Ocurre además que el crecimiento demográfico es desequilibrado. Mientras en los países más avanzados económicamente disminuye la población, en los menos desarrollados la situación es la contraria y aumenta exponencialmente como lo ilustra el caso del continente africano. Según las previsiones de la ONU los 1.200 millones de habitantes de 2017 serán 2.478 en 2050 y 4.387 en 2100. Las tensiones y conflictos que pueden darse son inimaginables. El caso opuesto se da en Europa, y por supuesto, en España. Según la misma fuente, los 46 millones alcanzados en 2015 se reducirán a 44,8 en 2050 y a 36,8 en 2100.
La plétora de nacimientos en Africa y la asimetría con respecto a Europa da origen a un nuevo desafío, cual es la contención y ordenación del flujo migratorio derivado a su vez del desequilibrio entre los bienes de consumo y el número de demandantes. Año tras año aumentará la presión migratoria sirviéndose de embarcaciones improvisadas que en no pocos casos naufragan en el Mediterráneo. No se ve forma de impedir esta invasión silenciosa y de nada servirán muros y alambradas con las que cerrarles el paso, sobre todo en tanto no exista una política migratoria común de la UE.
Cambio climático, agotamiento de recursos naturales, crecimiento demográfico sin control, migraciones masivas, nacionalismos excluyentes, proliferación de armas de destrucción masiva. Demasiados focos de tensión capaces de provocar catástrofes aterradoras que configuran un futuro asaz lleno de peligros a los que no se sabe cómo poner remedio.
Por si fueran pocos los problema anteriores, habrá que sumarles una larga lista de otros que estando vigentes ahora seguirán siéndolo en el devenir, que pudieran parecer de menor trascendencia. Forman parte de ella, entre otros, pobreza, desigualdad económica, dictaduras, violaciones de derechos humanos, terrorismo, paro masivo, revolución industrial, ciberseguridad, defensa de la privacidad, consumo y tráfico de drogas, etc. ¿Podrá la humanidad resolverlos o esquivarlos? Tenemos a favor la experiencia histórica de haber sobrevivido a muchas situaciones cruciales para que pudiéramos llegar a donde estamos. En el mismo sentido se puede argumentar que nunca habíamos tenido hasta ahora un conocimiento tan profundo de los procesos naturales y de los factores que interactúan, lo que hizo posible subvenir a las necesidades de una población creciente en una serie de etapas y continuarán dando nuevos frutos. Por último, habrá que confiar que la mayor difusión de la cultura permitirá diagnosticar los males más acuciantes en cada momento y aplicar las reformas oportunas. Estas y otras esperanzas fundamentan la creencia de un futuro más prometedor.
Tampoco faltan argumentos para imaginar un porvenir oscurecido por espesos nubarrones. Quizás el principal sea que los impresionantes avances experimentados por la ciencia y la tecnología no se han visto acompañados de un paralelo perfeccionamiento moral de la gente. La eterna lucha entre el bien y el mal sigue tan viva como cuando el famoso poeta latino afirmó que el amor todo lo vence, y no tenemos razones objetivas para creer que en adelante todo será distinto y mejor.
Como ocurre a menudo, los adelantos científico-técnicos son armas de doble filo con capacidades extraordinarias para construir y destruir. El uso que pueda dárseles depende de quien tenga autoridad para ordenar lo uno o lo otro y no faltan motivos para creer que abundará más el amor al prójimo que la avaricia, la codicia y el afán de poder. Confiemos, que, como mínimo se imponga el sentido común a pesar de que la experiencia nos muestra que es el menos común de los sentidos. Estoy convencido de que el siglo XXI planteará a los vivos alternativas cruciales de cuya elección dependerá el destino. Ello hace que sea apasionante vivir en un tiempo que pone ante los ojos empresas que transformarán el mundo.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Discriminación fiscal



Por muy oscuras razones, las sociedades humanas están formadas por grupos relativamente pequeños de adinerados y grandes mayorías de desheredados. Los primeros detentan el poder y a los segundos les toca obedecer.
Un factor coadyuvante de la distancia que separa la opulencia de la pobreza, cuando no de la miseria, reside en el régimen de libre mercado cuya doctrina como ciencia económica se debe al británico Adam Smith (1723-1790), autor del libro “La riqueza de las naciones”, que pasa por ser fundador del liberalismo económico. El sistema capitalista promueve el reparto desigual de la riqueza nacional a través de variados mecanismos socioeconómicos, como pueden ser, entre otros, la endogamia de la clase más acomodada, el sistema fiscal imperante y las relaciones laborales.
Es un hecho real que el dinero proporciona poder y el poder facilita la obtención de beneficios, y como consecuencia, dinero y poder viajan juntos y ambos factores se potencian mutuamente. Como resultado, la máxima expresión del poder que es el Estado, influido por los poderes económicos, promulga leyes que favorecen los intereses de las clases privilegiadas. Donde más se aprecia esta predisposición al doble rasero es en las normas fiscales que gravan con diferente intensidad las rentas provenientes del capital y las del trabajo. Por ejemplo, si un especulador bursátil o inmobiliario consigue en un día una plusvalía de un millón de euros o lo cobrase por intereses o dividendos, pagaría por IRPF el 21%, en tanto que si procediese de sueldos, tributaría al 52%.
Todo ello sería así si nos movemos dentro de la ley, porque el millonario dispone de fórmulas a su alcance para reducir o escamotear los impuestos, desde la creación de sociedad interpuestas a las sociedades de  inversión mobiliaria de capital variable (Sicav).
Marginando la ley puede –y muchos lo hacen– enviar su dinero a paraísos fiscales que Hacienda no puede conocer, y en el peor de los casos, si el supuesto culpable fuese descubierto, tendría una sanción que solo sería efectiva después de un largo proceso judicial en el que la Agencia Tributaria debería probar la intención de defraudar. Finalmente, podría acogerse a una amnistía fiscal como han acordado distintos Gobiernos que le permitiría repatriar el capital sin apenas coste. A causa del tratamiento discriminatorio, los trabajadores soportan más del 80% de la recaudación del impuesto sobre la renta de las personas físicas. Impuestos de finalidad eminentemente redistributiva como Transmisiones y Patrimonio recaudados por las Comunidades Autónomas, muchas de ellas los han reducido en gran parte e incluso suprimido como ocurre en la Comunidad de Madrid.
Si a todo esto añadimos el desigual efecto que producen en las economías familiares los impuestos indirectos (IVA, etc.) llegaremos a la conclusión de que las leyes fiscales adolecen de graves defectos de equidad, y por tanto, son injustas. No se trata de “que paguen los ricos” como algunos reclaman, sino de que cada uno tribute según su capacidad, y legislar con ecuanimidad para cumplir lo que la Constitución proclama.
La justicia sigue pendiente de que se promulgue una auténtica reforma tributaria que devuelva al trabajo la parte del producto social que le ha arrebatado el capital. Una espera que no admite dilación.

lunes, 2 de octubre de 2017

La cuestión lingüística



La acritud e intolerancia con que a menudo se plantea la coexistencia, inevitablemente conflictiva y polémica, de las lenguas autóctonas con el castellano, no debería impedir un amplio y serio debate en cada autonomía que facilitara, sin tabúes ni defensa a ultranza de posiciones previas, la aportación de todos los puntos de vista, con el debido respeto a todas las opiniones, por muy divergentes que fueran. Ello serviría tanto para fundamentar las decisiones subsiguientes que la Administración pudiera adoptar como para mostrar el grado de madurez democrática que todos defendemos y añoramos para nuestra sociedad.

Respecto al caso gallego en concreto, por ser el más próximo, el tema del predominio lingüístico suscita en seguida posiciones viscerales y contrapuestas, y por ello no siempre sobradas de argumentos convincentes y sí de apasionamiento. Solo en la discusión, serena y respetuosa podrán sostenerse y justificarse las diferentes opciones, habida cuenta de que, en definitiva, es el pueblo soberano quien decide el uso. Por supuesto, las mismas razones son válidas para las otras dos lenguas cooficiales.

Lo deseable es alcanzar un perfecto bilingüismo en el uso popular y un buen conocimiento de un tercer idioma que hoy por hoy es el inglés como lengua franca mundial. Uno de ellos será el que sirvió para expresar y adquirir los primeros conocimientos y los demás serán adquisiciones posteriores. Ni el castellano ni el gallego tienen el monopolio de lengua vernácula en Galicia. Y esta realidad, guste o no guste, es la que conforma la realidad. Por ello creo que deben eludirse planteamientos excluyentes y respetar la libertad de las personas a utilizar la lengua en que mejor se expresen.

Para quienes defienden el dominio del gallego en exclusiva en detrimento del castellano, les invitaría a imaginar por un momento la situación en que se vieran cumplidas las aspiraciones de los grupos nacionalistas más radicales.

Llegados a este punto, bueno será recordar que la función natural de cualquier idioma es la de permitir entendernos con el mayor número posible de interlocutores, nunca la de fomentar la aparición de ghetos incomunicados. Dejando aparte el coste en términos sociales y económicos –que no sería ocioso ni mucho menos analizar– que habría que pagar por tamaña transformación, la culminación del proceso significaría un aislamiento efectivo en relación con nuestro entorno próximo y remoto. Tendría sentido, en tal supuesto, plantearse una serie de interrogantes, como:

- Cuando nuestros trabajadores emigrasen bien pertrechados con su gallego, ¿verían incrementadas sus oportunidades de empleo tanto en Madrid como en París o Hamburgo?

- Si en la selección de personal estuviéramos sobrevalorando al candidato a un puesto de responsabilidad por su mejor conocimiento de la lengua vernácula, ¿no correríamos el peligro de de estar desechando a otros de mayor idoneidad para el cargo?

- En la situación supuesta, ¿no se habría impulsado a los padres de clase alta a enviar a sus hijos a universidades castellanas, agravando así la desigualdad de oportunidades derivadas de la distinta situación económica?

- En definitiva, a cambio de preservar a todo trance nuestra identidad cultural, ¿en qué medida habríamos contribuido a elevar el nivel de vida de los gallegos, objetivo al que nadie puede renunciar?

jueves, 28 de septiembre de 2017

Pagar o no pagar impuestos



Pagar impuestos es la única obligación que impone la Constitución, una vez suprimida la segunda que era la del servicio militar. A nadie gusta rascarse el bolsillo para entregar a Hacienda parte de nuestros ingresos, pero ello es nuestra cuota por vivir en una sociedad decente y preservar el Estado democrático y de derecho que la ley de leyes consagra. Nadie debería negar la aportación exigida con arreglo a la capacidad contributiva de cada cual. Hasta tal punto es importante la vigencia de leyes de Hacienda justas, que de ello depende que se trate de un país atrasado o avanzado y progresista. Si contrastamos la presión fiscal de un país del tercer mundo con la de Dinamarca, por ejemplo, en el primero es probable que no suba del 12% y en el segundo es del 40%. El contraste explica la diferencia de nivel de vida en ambos.
En España –y no es el único país- las condiciones exigibles de progresividad y equidad no siempre se cumplen, y si a esta carencia agregamos la falta de rigor y racionalidad que a menudo se dan en el gasto público, tenemos la disculpa  de quienes eluden su contribución al bien común e incumplir su deber ciudadano.
Los países donde la desigualad social es menor, la protección social es más amplia y el grado de bienestar más alto. Se identifican por una presión fiscal notable que ronda el 40% del PIB y la prevalencia de los impuestos directos; son circunstancias que concurren en los países nórdicos (Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia).
Por el contrario, el sistema fiscal español está pensado para que el grueso de la recaudación por impuestos directos provenga del trabajo por cuenta ajena que representan más del 80% del IRPF, cuya proporcionalidad queda mermada por la existencia de solo cinco tramos, incide en exceso en las cargas indirectas (en la última reforma de 2014, la tasa del IVA pasó del 18 al 21%); es desequilibrado al tener un impuesto de sociedades del 25% que las grandes empresas reducen a un promedio del 7% en virtud de una selva de bonificaciones y desgravaciones. Es inequitativo al establecer una diferencia brutal entre el tipo impositivo sobre sueldos y sobre rentas del capital. Finalmente, entre los impuestos cedidos a las autonomías están los de transmisiones y patrimonio, cuya exacción varía según el color del partido que gobierne.
Como consecuencia de estas características, tenemos un sistema fiscal que proporciona una recaudación insuficiente para atender las necesidades propias de un Estado social, es poco redistributivo y fomenta la desigualdad entre clases sociales, aumentando proporcionalmente el número de pobres y de millonarios. La insuficiencia recaudatoria resulta evidente como causa de que ningún año se pudo cumplir el déficit comprometido con la Comisión Europea, debido en buena parte a que la presión fiscal es inferior en más de siete puntos al promedio de la UE, sin que exista una explicación plausible que ampare la disparidad.
Es tendencia común de los gobiernos conservadores implementar rebajas de impuestos, sobre todo en vísperas electorales como zanahorias ofrecidas a los electores, sobre todo a los de más recursos, según declaró recientemente el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro refiriéndose a los próximos comicios de 2019. Lo que no aclaró son los costes sociales que de ello se derivaría. Sin ingresos públicos suficientes no se puede dotar de medios la educación, la sanidad, la justicia, la dependencia, la I+D, la ayuda al desarrollo, las rentas de integración –llamada Risga en Galicia- , atenciones todas ellas que ya sufrieron drásticos recortes en años recientes, causados por la caída de la recaudación presupuestaria. Esta fue tan intensa por mor de su dependencia de los impuestos sobre salarios al coincidir con la ascensión del paro. Solo las grandes fortunas capearon con éxito el temporal.
En el programa del partido socialista figura la reforma fiscal, si bien no cabe esperar grandes novedades, dado que cuando gobernó con mayoría puso haber transformado a fondo el sistema impositivo y no lo hizo. Y el inefable Zapatero, en un alarde de confusión mental llegó a decir que bajar impuestos también era de izquierda. Por su parte, Ciudadanos coincide con el PP, y en cuanto a Unidos Podemos no ha dado a conocer su punto de vista o yo no lo conozco.